domingo, 5 de febrero de 2012

Holocausto, los testimonios de un espanto indecible

El holocausto es la evidencia de la fragilidad moral en la humanidad, que nos muestra nuestra propia vulnerabilidad y quiebre. El holocausto no es ajeno a lo humano ni a lo occidental, por el contrario, aunque fue totalmente evitable, ha sido una consecuencia de la modernidad.

Ciertamente, el nazismo fue parte de la sociedad, participó de sus logros y los utilizó en beneficio de sus políticas bélicas y de exterminio.

No se creó un aparato social nuevo ni dispositivos sociales diferentes sino que se utilizaron los que existían: organización, planificación, verticalidad, jerarquización y división del trabajo, aceptación de órdenes, burocracia, eficiencia, rapidez, evaluación de costos y desarrollo tecnológico, la noción de que el fin justifica los medios.


Todo este aparato contó con la complacencia, complicidad y/o indiferencia de la gran mayoría de la población que admitió, explícita o implícitamente, la política de exterminio total del pueblo judío como un mal necesario y hasta el día de hoy existe su semilla plantada.

El uso de los dispositivos sociales existentes y conocidos permitió que las acciones fueran llevadas a cabo con frialdad y eficacia, dejando de lado los aspectos personales, eliminando cualquier sentimiento de culpa, estimulando más bien el gusto por haber cumplido la tarea encomendada.
Merced a refinadas técnicas de propaganda se transformó la conciencia colectiva en una masa maleable dispuestas a encolumnarse detrás de decisiones que normalmente habrían determinado oposiciones y disidencias.

En todas las etapas se contó con la colaboración, de muy buen grado, de técnicos, operarios, profesores, académicos, científicos, intelectuales y ciudadanos de buena fe, personas que, en otras condiciones, no habrían aceptado las acciones de crueldad en las que participaron.

Los mismos elementos enunciados previamente, son los que constituyen nuestro mundo actual y constituyen tanto su fuerza como su debilidad. Son las instituciones y los dispositivos sociales los que determinan qué está bien y qué está mal, qué hecho se premia y cuál se castiga y mucha de la educación está dirigida a silenciar el espíritu crítico de los educandos, los estimula a obedecer y tomar lo que el maestro enseña como verdades reveladas.

Como sucede en la actualidad, también el lenguaje del III Reich,se cuidaba muy bien de enunciar con “palabras banales” las acciones emprendidas con la intención de conservar un estado de aparente normalidad que mantenía anestesiada la conciencia crítica colectiva.

Los campos de concentración y exterminio nazis son el paradigma de la modernidad, han instalado la excepcionalidad jurídica como entidad. El nazismo fue el ámbito de la experimentación médica donde se introdujo una nueva disciplina que llama la bio-política: el prisionero se veía reducido a la “vida nula”, es decir, excluido de la condición de miembro de la comunidad, era despojado y amputado de su vida privada y del derecho; estaba, existía, pero sin ningún derecho ni siquiera sobre su propio cuerpo.

A partir de 1933 y hasta 1945 los judíos fueron señalados, marcados, perseguidos, echados, acorralados y por último asesinados en el reino de terror del nazismo. Los sobrevivientes, decididos a hablar y contar lo vivido, debieron callar durante décadas porque, entre otras cosas, no había nadie dispuesto a oír. Cuando finalmente se quebró este dique de silencio, sus testimonios derramaron sobre algunos de nosotros un espanto indecible.

Pero todavía peor que el genocidio es que hay quienes están dispuestos a volver a activar ese espanto y otros a hacer la vista de lado como que nada sucedió ni nada sucede.

Rab Berl Schtudiner

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